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22 de junio de 2018

Opinión – Sergio Agueitos: “Los incel y la cultura patriarcal”

Hace unas semanas leí un artículo sobre los incel (célibes involuntarios), hombres que matan a mujeres porque no consiguen tener sexo con éstas. Son misóginos que conciben que la mujer está al servicio de sus deseos y que, ante su rechazo a mantener relaciones sexuales, arremeten contra ellas. No se trata de simples despechados, sino de hombres “organizados” cuya actuación va encaminada a extender el terror y un mensaje claro: a un hombre no se le puede decir “no”.

 

Puede parecer un argumento propio de película o novela, pero no es así. De hecho, el 23 de abril del presente año, Alek Minassian (25 años) atropelló con una furgoneta a un grupo de personas que estaba en una céntrica calle de Toronto. Mató a 8 mujeres, 2 hombres y causó heridas a 15 personas. El caso despertó el fantasma de los atentados yihadistas, pero finalmente la policía ha concluido que se trata de este grupo de hombres.

 

Esto me hace reflexionar (una vez más) sobre cómo nuestra cultura favorece estos marcos que justifican la violencia contra las mujeres (pues son el principal objetivo). Evidentemente, no hablo de que la sociedad produzca asesinos como tal, pero sí que establece las premisas necesarias para que los hombres puedan justificar su violencia contra las mujeres. 

 

Concretamente, Rodger, otro incel, antes de protagonizar una masacre en California en 2014, publicó un vídeo donde explicaba los motivos de su ataque: “Las mujeres dan afecto, sexo y amor a otros hombres, pero nunca a mí. Tengo 22 años y todavía soy virgen. Ni siquiera he besado a una chica (…) He tenido una existencia de soledad, rechazp y deseos insatisfechos (…) nunca os he atraído pero ahora os voy a castigar por ello (…), putas rubias, mimadas y pretenciosas (…), vais a ver que soy en realidad, el superior, el verdadero macho”.

 

Es realmente reveladora la mención a la masculinidad. Es claramente un “macho” herido buscando reafirmarse. La masculinidad en esta sociedad machista implica imposición, fuerza, la superioridad del hombre sobre la mujer, y sin la sumisión constante de ellas, se siente amenazada. 

 

Es de destacar que la tendencia de los medios de comunicación y de la sociedad en general es, una vez producido este tipo de violencia por varones blancos y occidentales, a justificar los hechos con argumentos del tipo “estaba loco” o similares. Por ejemplo, Anders Breivik cometió un atentado en una isla de Noruega donde mató a 77 personas. Un supuesto trastorno mental es lo único a lo que los medios decidieron darle relevancia. Pero, tal y como afirma Barbijaputa en su libro Machismo, 8 pasos para quitártelo de encima “nadie, jamás, hace la observación de que los autores de matanzas son siempre hombres. Son ellos a quienes, desde pequeños, les enseñan de forma diferente a nosotras cómo ocupar el espacio, cómo expresarse, a ser violentos. Aplaudimos a los niños que son agresivos, que se saben defender atacando. Mientras que a las niñas la sociedad las educa desde pequeñas a no ocupar el espacio con libertad, a no ser agresivas, sino sumisas y prudentes, educadas y discretas. Los niños han de ser malotes (ni siquiera se usa el término malota) y a las niñas se las enseña a ser buenas”. De hecho, si realmente estuviéramos simplemente ante trastornos mentales o de la personalidad, la incidencia entre hombres y mujeres sería, probablemente, similar. Pero no, son hombres siempre, por lo que identificar el componente cultural es clave si queremos realmente entender qué está pasando y ponerle remedio.

 

Para que nos hagamos una idea, reflexionemos sobre el papel que socialmente damos a un chico y a una chica. Desde pequeños nos enseñan a tener un papel activo, agresivo y de dominación, mientras que a ellas se las enseña a tener un papel servicial y de cuidados. Tan simple como analizar el tipo de juegos tradicionales: ellos juegan a ser guerreros, militares, conductores de coches de carrera… Mientras, ellas cocinan, barren, tienen hijos/as y cuidan de ellos/as… Al hombre se le educa para la gloria mientras que a ellas se las educa para el sacrificio, para servir a otros, por lo que sus deseos/derechos están en un segundo plano.

Esto que acabamos de analizar es extrapolable a cualquier ámbito de nuestra sociedad. El hombre, tanto en su vida personal como en la proyección que del mismo hace la sociedad está destinado a ser el protagonista, el centro de gravedad de todo lo que ocurre a su alrededor, el ser superior. ¿Y si la realidad no corresponde con esta construcción social? Frustración, muchísima frustración. Y dado que a los hombres tradicionalmente nos han enseñado a enfrentarnos a nuestros problemas con violencia, blanco y en botella.

 

Es con violencia cómo los hombres frustrados y machistas quieren mantener a sus mujeres o novias sumisas. Es con violencia cómo los incel pretenden lanzar un mensaje a toda la sociedad de que los hombres son seres superiores a los que no se les puede decir que no. Es con violencia sexual con lo que violadores de todo tipo se recrean en su masculinidad, haciendo gala de su superioridad física o numérica y experimentando el ejercicio de un poder que anula e impone, sin respetar los derechos fundamentales más básicos y usando a la mujer como un mero objeto para disfrute personal.

 

Si queremos construir una sociedad mejor, más asertiva, civilizada, igualitaria, libre, respetuosa y menos violenta debemos de atender a todas estas expresiones cotidianas que asientan en nuestro inconsciente la idea de que el hombre es un ser superior que merece mayor atención, protagonismo y privilegios que la mujer. Es necesario redefinir la masculinidad para, también, no generar frustraciones innecesarias a todos aquellos hombres que no encajan con la construcción social del “macho” y para que, si aparece alguna frustración, sepan canalizarla correctamente y de forma no violenta. Tampoco podemos construir esta identidad sobre la anulación de la individualidad femenina, sus derechos y su libertad.

Los incel no son enfermos, sino machistas misóginos que encuentran una justificación al uso de la violencia. Con esto no les eximo de ninguna responsabilidad, pero es importante que todos reflexionemos sobre nuestra contribución a la cultura machista de nuestra sociedad, pues en algún momento a estos hombres, de forma consciente o inconsciente, les informaron de que su deseo estaba por encima del de las mujeres y de que ante cualquier frustración o problema, el uso de la violencia era legítimo.

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